Normalmente no había muchas variaciones meteorológicas en la península Sagikana: todo el lugar era increíblemente árido, con una pluviometría mensurable de no más de una lluvia cada diez o veinte años. El único acontecimiento climático desacostumbrado que ocurría allí era un cambio ocasional en el esquema dominante de las corrientes de aire, que ponía en movimiento fuerzas ciclónicas y traía consigo una tormenta de arena, e incluso eso no ocurría más que unas pocas veces en un siglo.

¿Era la expresión abatida de Balik un indicio de la culpabilidad que debía de sentir por haber fracasado en prever la llegada de la tormenta? ¿O parecía tan horrorizado porque ahora era capaz de calcular toda la extensión de la furia que estaba a punto de descender sobre ellos?

Todo hubiera podido ser diferente, pensó Siferra, si hubieran dispuesto de un poco más de tiempo para prepararse para el asalto. En retrospectiva, podía ver que todos los signos reveladores habían estado ahí para quienes tuvieran la habilidad de verlos: el estallido de aquel feroz calor seco, extremo incluso para los estándares de la península Sagikana, y la repentina calma chicha que remplazó la habitual brisa regular procedente del Norte, y luego el extraño viento húmedo que empezó a soplar del Sur. Los pájaros khalla, esos extraños y larguiruchos carroñeros que merodeaban por la zona como espectros, echaron a volar cuando empezó a soplar ese viento y desaparecieron entre las dunas del desierto occidental como si llevaran demonios agarrados a sus colas.

Eso hubiera debido ser un indicio, pensó Siferra. Cuando los pájaros khalla se alejaron chillando hacia la región de las dunas.

Pero todos habían estado demasiado ocupados excavando para prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. Negar lo evidente. Finge que no te das cuenta de los signos de una tormenta de arena que se aproxima, y quizá la tormenta se marche a alguna otra parte.



9 из 401