Y, luego, aquella pequeña nube gris que apareció surgida de la nada en el lejano Norte, aquella mancha opaca en el ardiente escudo del cielo del desierto, que normalmente era siempre tan claro como el cristal…

¿Nube? ¿Tú ves alguna nube? Yo no veo nubes.

De nuevo la negación.

Ahora la nube era un inmenso monstruo negro que llenaba la mitad del cielo. El viento seguía soplando del Sur, pero ya no era húmedo —ahora era como el ardiente rebufar de un horno—, y había otro viento, más fuerte aún, que soplaba de la dirección opuesta. Un viento alimentaba al otro. Y, cuando se encontraran…

—¡Siferra! —aulló Balik—. ¡Ahí viene! ¡Busca refugio!

—¡Lo haré! ¡Lo haré!

No deseaba hacerlo. Lo que deseaba hacer era correr de una zona de la excavación a otra, vigilarlo todo a la vez, mantener bajados los faldones de las tiendas, rodear con sus brazos los fajos de preciosas placas fotográficas, lanzarse contra la fachada de la recientemente excavada Casa Octagonal para proteger los sorprendentes mosaicos que habían descubierto el mes antes.

Pero Balik tenía razón. Siferra había hecho todo lo que había podido, aquella frenética mañana, para proteger en lo posible la excavación. Ahora lo que quedaba por hacer era protegerse, allá a los pies del risco que gravitaba en el extremo superior del yacimiento, y confiar en que se convirtiera para ellos en un baluarte contra toda la fuerza de la tormenta.

Corrió hacia allá. Sus recias y poderosas piernas la llevaron con facilidad sobre la reseca y crujiente arena. Siferra no había cumplido todavía los cuarenta años y era una mujer alta y recia en la plenitud de su fuerza física, y hasta este momento nunca había sentido nada excepto optimismo hacia ningún aspecto de su existencia. Pero, de pronto, todo se había visto en peligro ahora: su carrera académica, su robusta buena salud, quizás incluso su propia vida.



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