Los otros estaban apiñados juntos en la base del risco, tras una apresuradamente improvisada pantalla de desnudos postes de madera con lonas impermeables unidas a ellos.

—Dejad sitio —dijo Siferra, al tiempo que se abría paso entre ellos.

—Mi dama —gimió Thuvvik—. ¡Mi dama, haga que la tormenta dé la vuelta! —Como si ella fuera alguna especie de diosa con poderes mágicos, Siferra rió secamente. El capataz hizo alguna especie de signo en dirección a ella…, un signo sagrado imaginó.

Los otros obreros, todos ellos hombres del pequeño poblado justo al este de las ruinas, hicieron el mismo gesto y empezaron a murmurarle cosas. ¿Plegarias? ¿A ella? Fue un momento extraño. Aquellos hombres, como sus padres y abuelos, habían estado excavando en Beklimot todas sus vidas, empleados por uno u otro arqueólogo, poniendo al descubierto pacientemente antiguos edificios y cerniendo la arena en busca de diminutos artefactos. Presumiblemente habían sufrido otras tormentas de arena antes. ¿Siempre se mostraban tan aterrados? ¿O era ésta alguna especie de supertormenta?

—Aquí está —murmuró Balik—. Aquí está. —Y se cubrió el rostro con las manos.

Toda la energía de la tormenta de arena estalló sobre ellos.

Al principio Siferra permaneció de pie, mirando a través de una abertura en las lonas la monumental muralla ciclópea de la ciudad al otro lado del camino, como si simplemente manteniendo sus ojos fijos en el lugar fuera capaz de librarlo de todo daño. Pero, al cabo de un momento, eso se hizo imposible. Ráfagas de increíble calor barrían el aire, tan feroces que creyó que su pelo y sus cejas iban a estallar en llamas. Se apartó y alzó un brazo para protegerse el rostro.

Entonces llegó la arena y bloqueó toda visión. Era como un aguacero, una torrencial lluvia sólida.



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