
Y sepultándolos a ellos.
Se situó de cara a la pared del risco y aguardó la llegada del final. Un poco para su sorpresa y pesar, se dio cuenta de que estaba sollozando histéricamente, de que bruscos y profundos gemidos brotaban de lo más profundo de su cuerpo. No quería morir. Por supuesto que no: ¿quién quería? Pero nunca se había dado cuenta hasta este momento de que podía haber algo peor que morir.
Beklimot, el más famoso yacimiento arqueológico del mundo, la más antigua ciudad conocida de la Humanidad, los cimientos de la civilización, iba a ser destruido…, y todo ello como resultado de su negligencia. Generaciones de los más grandes arqueólogos de Kalgash habían trabajado allí en el siglo y medio desde su descubrimiento: primero Galdo 221, el más grande de todos, y luego Marpin, Stinnupad, Shelbik, Numoin, toda la gloriosa lista…, y ahora Siferra, que había dejado todo el lugar estúpidamente desprotegido mientras la tormenta de arena se acercaba.
Mientras Beklimot había permanecido enterrada en la arena, las ruinas habían dormido pacíficamente durante miles de años, preservadas tal como estaban el día en que sus últimos habitantes cedieron finalmente a la rudeza del cambio de clima y abandonaron el lugar. Cada arqueólogo que había trabajado allí desde los días de Galdo había tomado mucho cuidado de exponer tan sólo una pequeña sección del yacimiento, y erigir pantallas y vallas contra la arena para protegerla contra el improbable pero serio peligro de una tormenta de arena. Hasta ahora.
