
Ella también había erigido las habituales pantallas y vallas, por supuesto. Pero no frente a las nuevas excavaciones, no en la zona del santuario donde había enfocado últimamente sus investigaciones. Algunos de los más antiguos y espléndidos edificios de Beklimot estaban allí. Y ella, impaciente por empezar a excavar, arrastrada por su perpetuo impulso de seguir y seguir adelante, había fracasado en tomar las más elementales precauciones. Pero ahora, con el demoníaco rugir de la tormenta de arena en sus oídos y el cielo negro de destrucción…
Es mejor, pensó Siferra, que yo no sobreviva a esto. Al menos no tendré que leer lo que van a decir acerca de mí en todos los libros de arqueología que se publiquen en los próximos cincuenta años. El gran yacimiento de Beklimot, que contenía datos sin paralelo acerca del primer desarrollo de la civilización en Kalgash hasta su desafortunada destrucción como resultado de las descuidadas prácticas de excavación empleadas por la joven y ambiciosa Siferra 89 de la Universidad de Saro…
—Creo que está acabando —susurró Balik.
—¿El qué? — preguntó Siferra.
—La tormenta. ¡Escucha! Ahí fuera las cosas se están apaciguando.
—Debemos estar sepultados por tanta arena que no podemos oír nada, eso es todo.
—No. ¡No estamos sepultados, Siferra! —Balik tiró de la lona frente a ellos y consiguió alzarla un poco. Siferra atisbó por la zona despejada entre el risco y la muralla de la ciudad.
No pudo creer lo que veían sus ojos.
Lo que vio fue el claro y profundo azul del cielo. Y el brillar de la luz del sol. Era sólo el apagado y gélido resplandor blanco de los soles gemelos Tano y Sitha, pero en aquel momento eran la luz más maravillosa que jamás hubiera deseado ver.
La tormenta había pasado. Todo estaba tranquilo de nuevo.
¿Y dónde estaba la arena? ¿Por qué no estaba todo sepultado por la arena?
