Eilis 18, uno de sus ayudantes, se acercó a la carrera. Era un hombre delgado y nervudo, que parecía insignificante al lado de la alta y atlética figura de Siferra.

—¡Hemos asegurado todo lo que hemos podido! —dijo, medio sin aliento—. ¡Ahora todo está en manos de los dioses!

—¿De los dioses? —respondió ella, con el ceño fruncido—. ¿Qué dioses? ¿Ves algún dios por estos alrededores, Eilis?

—Yo sólo quería decir…

—Sé lo que querías decir. Olvídalo.

Desde el otro lado llegó Thuvvik 443, el capataz de los obreros. Tenía los ojos desorbitados por el miedo.

—Mi dama —dijo—. Mi dama, ¿dónde podemos ocultarnos? ¡No hay ningún lugar donde hacerlo!

—Ya te lo dije, Thuvvik. En la parte baja del risco.

—¡Seremos sepultados! ¡Nos asfixiaremos!

—El risco os protegerá, no te preocupes —le dijo Siferra, con una convicción que estaba muy lejos de sentir—. ¡Id allí! ¡Y aseguraos de que todos los demás permanecen allí!

—¿Y usted, mi dama? ¿Por qué usted no va allí?

Ella le lanzó una repentina mirada sobresaltada. ¿Acaso el hombre creía que disponía de algún refugio privado donde estaría más segura que el resto?

—Iré, Thuvvik. ¡Ahora ve! ¡Deja de molestarme!

Al otro lado del camino, cerca del edificio hexagonal de ladrillo que los primeros exploradores habían llamado el Templo de los Soles, Siferra vio la recia figura de Balik 338.

Con los ojos fruncidos y escudados contra la helada luz de Tano y Sitha, el hombre miraba hacia el Norte, la dirección de donde venía la tormenta. La expresión de su rostro era de angustia.

Balik era su estratígrafo jefe, pero también era el experto meteorólogo de la expedición. Parte de su trabajo consistía en efectuar las previsiones del tiempo y estar pendiente de la posibilidad de cualquier acontecimiento inusual.



8 из 401