—¿Almorzar? —dijo vagamente Kelaritan, como si el concepto no le resultara familiar.

—Almorzar, sí. La comida del mediodía. Una vieja costumbre mía, doctor. Pero puedo esperar un poco. Tenemos tiempo de visitar a uno de los pacientes primero.

Kelaritan asintió. Dijo al abogado:

—Creo que el mejor para empezar es Harrim. Hoy se halla en bastante buena forma. Lo bastante buena como para soportar el interrogatorio de un desconocido, al menos.

—¿Qué hay acerca de Gistin 190? —preguntó Cubello.

—Ella es otra posibilidad, pero no es tan fuerte como Harrim. Dejemos que consiga la historia básica de Harrim, y luego podemos hablar con Gistin, y…, oh, quizá Chimmlit. Es decir, después de almorzar.

—Gracias — dijo Sheerin.

—Si quiere venir por aquí, doctor Sheerin…

Kelaritan hizo un gesto hacia un pasillo acristalado que conducía desde la parte de atrás de su oficina al hospital propiamente dicho. Era una fresca pasarela elevada al aire libre con una vista de 360 grados del cielo y las bajas colinas gris verdosas que rodeaban la ciudad de Jonglor. La luz de los cuatro soles del día incidía en ella desde todos lados.

El director del hospital se detuvo por un momento y miró a su derecha, luego a su izquierda, absorbiendo todo el panorama. Los austeros y fruncidos rasgos del hombrecillo parecieron brillar con una repentina juventud y vitalidad mientras los cálidos rayos de Onos y los más severos y fuertemente contrastados rayos de Dovim, Patru y Trey convergían en una brillante exhibición.

—Un día absolutamente espléndido, ¿eh, caballeros? —exclamó Kelaritan, con un entusiasmo que Sheerin halló sorprendente en alguien tan contenido y austero como parecía ser el director—. ¡Qué glorioso resulta ver cuatro de los soles en el cielo al mismo tiempo! ¡Lo bien que me siento cuando sus rayos golpean mi rostro! Ah, me pregunto dónde estaríamos sin nuestros maravillosos soles.



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