
Al parecer, la Colina de Thombo había recibido sobre sí todo el impacto de la tormenta: y lo que generaciones de arqueólogos no se habían molestado en hacer lo había realizado la violencia de la tormenta de arena en tan sólo un momento. Una errática franja en zigzag había sido arrancada de la cara de la colina, como una terrible herida abierta hasta muy profundo en su ladera superior. Y trabajadores de campo experimentados como Siferra y Balik sólo necesitaban echar una única mirada para comprender la importancia de lo que ahora había quedado expuesto.
—Todo un yacimiento urbano debajo del estercolero —murmuró Balik.
—Más de uno, creo. Posiblemente una serie —dijo Siferra.
—¿Tú crees?
—Mira. Mira ahí, a la izquierda.
Balik silbó suavemente.
—¿No es eso una muralla estilo entrecruzado, bajo la esquina de esos cimientos ciclópeos?
—Tú lo has dicho.
Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Siferra. Se volvió hacia Balik y vio que él estaba tan sorprendido como ella. Tenía los ojos muy abiertos, el rostro muy pálido.
—¡En nombre de la Oscuridad! —murmuró roncamente—. ¿Qué es lo que tenemos aquí, Siferra?
—No estoy segura. Pero tengo intención de empezar a descubrirlo ahora mismo. —Volvió la vista hacia el refugio bajo el risco, donde Thuvvik y sus hombres permanecían aún agazapados presas del terror, haciendo gestos sagrados y balbuceando plegarias con voces bajas y aturdidas, como si fueran capaces de comprender que estaban a salvo del poder de la tormenta.
